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Nacido el 27 de mayo de 1965 en La Cañada de Urdaneta, una tierra de raíces firmes y vocación trabajadora, el nombre de Alberto Barboza a sus 60 años,  resuena con respeto en el ámbito contable del estado Zulia y de toda Venezuela, donde ha forjado una trayectoria ejemplar como contador público. Su compromiso con la ética profesional, su liderazgo gremial y su incansable labor formando a los futuros contadores públicos, lo convierten en un referente para las nuevas generaciones y en un orgullo para su tierra natal.

Con más de tres décadas de experiencia en el ámbito contable y tributario, Alberto Enrique Barboza Urdaneta se ha consolidado como una de las figuras más destacadas del área fiscal en Venezuela. Su nombre está estrechamente vinculado al crecimiento profesional y académico de generaciones de contadores, gracias a su compromiso constante con la formación, la ética y la actualización técnica.

Desde septiembre de 1990, forma parte de RSM Venezuela, donde actualmente se desempeña como Socio Nacional e Internacional de Tributos, rol que combina con sus funciones de Socio de Prácticas e Impuestos dentro de la firma. Su liderazgo ha sido clave en el fortalecimiento de las estrategias tributarias aplicadas tanto en el ámbito nacional como internacional, convirtiéndose en un referente dentro de la red global RSM Latinoamérica.

Su vocación docente es igualmente admirable. Desde mayo de 1995, Barboza ha sido profesor de impuestos en pregrado y postgrado en la Universidad del Zulia, contribuyendo a la formación de nuevos profesionales con una visión integral del sistema fiscal venezolano. Su formación académica incluye  los títulos de Licenciado en Contaduría Pública y Especialista en Tributación, ambos obtenidos en la Universidad del Zulia.

En su búsqueda constante por la excelencia, ha cursado programas de alto nivel, entre ellos el Programa de Dirección Estratégica (PDE) del Instituto de Gerencia del Estado Zulia (IGEZ-INALDE), realizado entre Maracaibo y Cartagena; el Diplomado en NIIF (2017) y el Componente Docente de la Universidad Nacional Abierta. Además, participó en el III Seminario Latinoamericano de Gerencia “LAMS” en la Universidad de La Sabana, Colombia, en 2013.

Reconocido por su claridad expositiva y su experiencia práctica, ha sido ponente permanente en conferencias de Tributación en la Federación de Colegios de Contadores Públicos de Venezuela, el Colegio de Contadores Públicos del Estado Zulia, cámaras empresariales, de servicios y distintas universidades del país. Su trayectoria lo ha llevado a desempeñar cargos gremiales de alta responsabilidad: Coordinador del Comité Permanente de Asuntos Tributarios del Colegio de Contadores Públicos del Estado Zulia, miembro del Comité Permanente de la Federación de Colegios de Contadores Públicos de Venezuela y miembro del Comité de Taxes de RSM Latinoamérica (CoE). También ejerce como Director de la Unión de Comerciantes del Estado Zulia (UCEZ) y Asesor Permanente de la Cámara Petrolera de Venezuela, Capítulo Zulia (CPV-Zulia).

Su labor ha sido ampliamente reconocida con las más altas condecoraciones del gremio contable venezolano, entre ellas la Orden al Mérito del Contador Público, la Orden Fray Luca Pacioli, y la Condecoración por los 50 años de la Promulgación de la Ley de Ejercicio de la Contaduría Pública, tanto por la FCCPV como por el Consejo Legislativo del Estado Zulia. Asimismo, fue Orador de Orden en la sesión solemne del Concejo Municipal de Maracaibo con motivo del quincuagésimo primer aniversario de dicha ley.

Más allá de su destacada carrera profesional, Alberto Barboza es un hombre de familia. Su hijo mayor, Alberto José, tiene 33 años y es padre de una niña de 4 años, su adorada nieta. Su segundo hijo, José Alberto, tiene 22 años, y junto a su actual pareja, Jenny, comparte la crianza de Camila, de 11 años, a quien define con cariño como “la princesa de la casa”.

Con una vida marcada por la dedicación, la enseñanza y el compromiso gremial, Alberto Enrique Barboza Urdaneta representa el ejemplo de un profesional íntegro que ha sabido combinar la excelencia técnica con la calidad humana, dejando una huella profunda en la contaduría pública venezolana.

¿Qué lo motivó a especializarse en el área tributaria y mantenerse en ella durante tantos años?

Eso se lo debo fundamentalmente a varios de mis profesores que me indujeron por ese camino. Recuerdo especialmente a Tulio Rubio, que era excelentemente técnico; Anton Montiel, que era una biblioteca ambulante, capaz de citar decretos y resoluciones de memoria; y el profesor Juan Bautista Laya Baquero, quien manejaba con pasión el cruce entre la contabilidad y la parte legal fiscal. Ellos me sembraron esa semillita en el aspecto tributario.

¿Cuántos años tiene trabajando para la firma RSM?

Comencé en la firma el 3 de septiembre de 1990, lo que significa que tengo 35 años trabajando allí. Yo ingresé siendo estudiante. El socio fundador, Armando León, me dio clase de auditoría y, al terminar, me ofreció trabajo en la firma.

¿Cómo ha evolucionado su visión de liderazgo desde que asumió los roles como socio en RSM y también como coordinador gremial?

Es un proceso muy complejo. Creo que el primer paso es internalizar que lo que se requiere es ser un líder. En mis 60 años, estoy convencido de que cuando tenemos un alto conocimiento técnico, a veces ese conocimiento nos lleva a ser egoístas, tercos y, en ocasiones, hasta pedantes, porque creemos ser dueños de la verdad. Una variable crucial para consolidar el liderazgo es aceptar cuando uno se equivoca. No soy infalible, y por lo tanto, hay que retomar y rectificar. Es fundamental dejar el ego a un lado.

¿Qué lo motivó a ser profesor de impuestos tanto en pregrado como en posgrado y qué espera usted dejar en sus estudiantes?

Yo soy de los que cree que el maestro nace, no se hace. Desde el bachillerato me gustaba dar clases, ya fuera de matemática o física, y esa inquietud por enseñar continuó en la universidad. Cuando me gradué, la directora de la escuela me contactó para dar clases de impuestos. Además de que me encanta la docencia, yo siento que es una manera de agradecerle a la Universidad del Zulia lo que soy. Yo no tenía posibilidades económicas de estudiar; fui estudiante becado durante toda mi carrera. Hoy, muchos me dicen que lo que me paga la universidad «no me da ni para un café», pero yo no lo hago por el dinero; es un compromiso moral con la universidad para que aquellos que estuvieron en mi posición tengan la posibilidad de ser profesionales.

¿Cuál ha sido el mayor desafío ético que ha enfrentado en su carrera profesional, ya sea en la parte como contador o como profesor?

Como profesor, recuerdo la primera vez que un alumno se quedó aplazado con un 09. Me debatí mucho, me pregunté si había adquirido los conocimientos mínimos. Me reuní con Armando León para conversar, y al revisar el proceso, concluimos que lamentablemente no había llegado. Entendí que colocar un 10, lejos de ser un favor, es hacerle un daño.

En la parte profesional, los retos son muchísimos. Sobre todo, en el área fiscal, a veces el cliente te busca bajo la visión de que él no quiere pagar impuestos. Cuando eso sucede, mi respuesta es: «Búscate a otro, ese no soy yo». Mi rol es asesorarte para que cumplas con tu obligación tributaria. Donde haya posibilidades de tener una ventaja sin violentar la norma, te la doy, pero tienes que pagar. Les explico que el IVA no es dinero de su patrimonio, sino dinero que se cobra al cliente y se le debe entregar al fisco, por lo que él funciona como un intermediario.

¿Qué representa para usted haber recibido la Orden Fray Luca Pacioli?

Es un reconocimiento al esfuerzo y a la constancia, no solo de la actividad gremial, sino al desarrollo profesional orientado al gremio, en darle la oportunidad a los colegas de tener información que quizá no han podido desarrollar o tener a su alcance. La actividad gremial es muy apasionante, aunque también es retante, pues existen intereses y a veces personas que solo se enfocan en criticar. Creo que en la medida en que fortalezcamos el gremio, seremos mucho más reconocidos.

¿Qué aprendizaje le ha dejado su participación en comités gremiales y empresariales, como la Cámara Petrolera o la UCES?

Muchísimo, porque va más allá del conocimiento técnico; te da un conocimiento de vida y de negocio. Aprendes sobre las relaciones interpersonales con distintos sectores y niveles, y adquieres conocimiento de la naturaleza de las actividades empresariales. No es lo mismo un agremiado en la Cámara Petrolera, Capítulo Zulia, que uno en la Unión de Comerciantes del Estado Zulia (UCES); sus actividades son completamente distintas. Esta diversidad te da un crecimiento incalculable.

¿Cómo ha influido su experiencia internacional en su visión del ejercicio profesional en Venezuela?

Ha influido muchísimo, sobre todo en lo que respecta a la calidad vista a través de la metodología, que para una firma de auditoría es la forma de hacer las cosas. Es un proceso que debe cumplirse para garantizar la calidad del servicio. Nos obliga a ajustarnos a una metodología que busca la calidad, sustentada siempre en los principios de ética e independencia profesional. Ser miembro del comité de tax de Latinoamérica de RSM me ha dado el privilegio de revisar la práctica profesional en otros países como Argentina y Brasil, lo que sin duda es un crecimiento profesional indiscutible.

¿Qué rol desempeña usted actualmente en el Colegio de Contadores Públicos del Estado Zulia?

Desde el punto de vista institucional, soy el Coordinador del Comité de Asuntos Tributarios del Estado Zulia, y también soy miembro del Comité de Asuntos Tributarios de la Federación. Como colaborador, expositor y profesor, tengo muchísimos años, entre 15 y 20 años, colaborando activamente.

¿Qué legado espera dejarle usted al gremio?

El legado que espero dejar es que las cosas hay que estudiarlas; sin estudio, no hay avance. Los profesionales no podemos darnos el lujo de hacer algo solo porque alguien más nos dijo que era así. La clave está en la investigación constante. Esto es lo que marcará la diferencia y permitirá que el empresario o el cliente nos perciban como verdaderos estudiosos de la materia, lo cual es fundamental para ganarnos el respeto.

Puede hablarnos ahora un poco de su familia ¿Cuántos hermanos tiene?

Somos cuatro hermanos en total: Humberto, Xiomara,  Ana y yo (soy el tercero). Venimos de una familia de muy escasos recursos; mis padres eran analfabetos, pero tenían unos principios y valores sólidos e impresionantes. Mi papá era pescador, y la actividad económica familiar era la venta de comida. Yo soy cañadero (nacido en La Cañada), y hacíamos lo que en el pueblo se llama venduta, que incluía empanadas, pastelitos, hallacas, bollos y dulces de todo tipo.

Cuéntenos sobre el negocio familiar y alguna anécdota relacionada.

Todos participábamos en el negocio familiar. Recuerdo que, gracias a una materia llamada «Organización y Proceso» que me dio el profesor JJ Martínez en la universidad, pude aplicar esos conocimientos al negocio. Simplemente con ordenar la elaboración de los bollos de manera cronológica, subimos la productividad increíblemente. Mi papá hacía la harina, mi mamá y mi hermana hacían las capuzas, mi hermano llenaba y cerraba, y yo envolvía y amarraba. Al ordenar el proceso, logramos hacer 300 bollos en hora y media.

Actualmente, estoy casado y separado de mi esposa (aún no me he divorciado), y tengo una segunda pareja. Con mi esposa tuve dos hijos varones: Alberto José, el mayor, ya está casado, y soy abuelo de una nieta preciosa. Con mi actual pareja tengo una hija que es la consentida de la casa.

¿Qué valores familiares sienten que han sido fundamentales en su formación como profesional y como ser humano?

La honestidad, la ética y la honradez son fundamentales. Mi padre, que era una gran figura, me enseñó tres cosas esenciales: La palabra es la única cosa que tiene el hombre; una vez que la pierde, no queda nada. Dos, la vergüenza es lo que sostiene el comportamiento; después que la persona pierde la vergüenza, no importa lo que le digan. Y tres, siempre se debe ir con la verdad por delante y ser honesto.

Además, él era un gran conciliador y siempre me decía: «la mejor pelea en la vida es la que se evita». Solo cuando no queda más opción, se pelea.

¿Quién ha sido esa figura clave en su vida personal que ha influido en su vocación y en distintos aspectos de toda su vida?

Mi vocación es curiosa. Cuando estaba en bachillerato, mi inclinación era el sistema castrense. Yo quería ser militar, en parte porque fui bombero voluntario durante mucho tiempo. Pero no tenía las posibilidades económicas para trasladarme a Caracas a realizar los procesos de admisión, que, aunque eran gratuitos, requerían recursos para la logística desde el interior.

Estando en el bachillerato, constituimos en La Cañada el Club de Amigos del Distrito Urdaneta. Dentro de ese grupo, había un economista llamado Luis Ballesteros. En el momento de decidir qué estudiar, él me dijo: «Estudia Contaduría, porque tú eres bueno para los números». Le hice caso, y me inscribí. No tuve más opción que Contaduría, y allí me quedé.

¿Cómo ha logrado equilibrar su vida familiar con una carrera tan activa y tan exigente además?

Es un gran reto. Cuando haces algo que te apasiona, no te cansas y no tienes horario, pero a veces eso nos hace un poco egoístas y descuidamos a la familia, a los hijos y a la pareja. En los últimos años he tratado de ser más equilibrado, dedicando los fines de semana a la familia y, cuando hay actividades gremiales, tratando de incorporarla para que se haga partícipe.

La actividad gremial es muy absorbente, y a veces eso no se percibe desde afuera. Sin embargo, en la medida en que incorporas a la familia en lo que haces, lo van a entender, porque simplemente es pasión. Hoy me siento más equilibrado que ayer; la madurez te va formando en ese aspecto.

¿Hay tradiciones familiares que aún mantiene vivas? ¿Cuáles son y por qué?

Sí, mantenemos vivas las tradiciones relacionadas con la comida. Por ejemplo, en diciembre preparamos nuestras propias hallacas, y en Semana Santa hacemos los bollitos de pescado, que son espectaculares. En cuanto a los dulces, aunque hago menos que mi madre, recuerdo que ella hacía las conservas de plátano maduro, a veces combinadas con guayaba o cambur.

Además de la comida, una tradición que mantengo es ir a Los Chimbangueles de San Benito en Cabimas el 27 de diciembre. Incluso, en honor a mi madre, nosotros tenemos un San Benito, y nos reunimos con el juego de tambores para tocar.

¿Qué le enseñó su infancia en La Cañada que aún aplica en su día a día?

Mi infancia en La Cañada, aunque tuvo restricciones económicas, fue muy gratificante. La vida giraba en torno al deporte y a los juegos tradicionales (metras, trompo, papagayo, la competencia del ring). Había poca mezquindad y mucha camaradería.

Lo más importante que aprendí fue el respeto a la comunidad y a los padres. Por ejemplo, si un vecino me veía haciendo algo indebido en la calle, me regañaba o incluso me daba un correazo. Luego iba a mi casa, le contaba a mi papá lo que había pasado, y mi papá, lejos de reclamarle, le agradecía, ¡y después me daba una pela a mí! Me llevaba dos castigos.

Esa comprensión entre los papás y el respeto mutuo se ha perdido mucho en la actualidad.

¿Qué lo emociona hoy de su trabajo?

Me siguen emocionando los impuestos. Me encanta estar permanentemente en el debate y en la investigación, en pro del crecimiento del conocimiento. Sentarnos a debatir: «¿Qué piensas tú, ¿qué pienso yo?». Eso es lo más gratificante. Sigo emocionado después de 30 años. Yo soy un contador feliz, y «Si vuelvo a nacer, voy a ser contador dedicado al área fiscal».

¿Cómo maneja los momentos de depresión o de desgaste profesional?

En los momentos de depresión o frustración en el trabajo, lo primero que hago es dejar lo que estoy haciendo. Me tomo un café, me lavo la cara, o me pongo a hablar de béisbol o fútbol, y luego lo retomo.

En cuanto al desgaste profesional, el cansancio físico y mental, obviamente llega un momento en que no das más y tienes que descansar. Pero cuando tienes un reto por delante, el cansancio casi ni se percibe, solo lo notas después de que sales del reto. En esos momentos, recuerdo una expresión que usábamos cuando jugábamos metras: «¡Fuego y fuego hasta la muerte!». Es una expresión que significa darle hasta el final.

¿Qué lo hace sentir más orgulloso? ¿Un logro profesional? ¿Una clase bien dictada? ¿Un reconocimiento gremial?

Yo creo que, mucho más que esos premios, que son obviamente gratificantes, es sentir que estás haciendo algo útil y que estás contribuyendo con algo. Esa es una de las razones por las cuales sigo dando clases y peleo duro con los alumnos, con un solo propósito: que los muchachos se preparen.

Yo les digo: «De pronto se va a sentir argentino lo que les voy a decir, pero ustedes tienen un privilegio, porque yo esta asesoría la cobro y la cobro cara, y ustedes la tienen gratis y no la aprovechan. ¡Aprovéchenme!» En conclusión, me hace sentir más orgulloso una clase bien dictada.

¿Qué sueños personales o profesionales aún tiene por cumplir?

Dentro de mis planes siempre ha estado ser abogado. De hecho, muchos creen que ya lo soy. No sé si tendré que hacerlo, pero ahí está.

Hay algo que raya en la frustración porque no he podido superarlo, y creo que es porque no he tomado la decisión, y es con el idioma inglés. He hecho muchísimos cursos, leo bien y escribo más o menos, pero para hablarlo y entenderlo, tengo dos tapones en los oídos (risas). Eso es lo que tengo pendiente.

En lo personal, disfrutar con mis nietos y con los otros nietos que vengan de mis hijos, y pedirle a Dios que me regale el tiempo que quiera que esté aquí, pero que me mantenga lúcido y con el propósito de seguir contribuyendo.

¿Cómo imagina usted el futuro de la profesión contable en Venezuela? ¿Qué cree que le espera a los contadores?

Creo que los contadores, al igual que cada generación, tienen sus retos. Hoy, el gran desafío es la inteligencia artificial. Yo estoy convencido de que la inteligencia artificial no va a acabar con los contadores, sino que nos va a dar herramientas para que, aquellos que quieran, seamos mejores profesionales.

El gran reto es perder el miedo a los avances tecnológicos. Recuerdo que cuando manipulé una computadora por primera vez, tenía 25 o 26 años, y la tocaba como si fuese a explotar. Hoy, sin una computadora, no soy nadie.

La tecnología, como el teléfono, es solo un medio. El fondo de la cosa es cuál es el uso que tú le estás dando. El teléfono dejó de ser un teléfono; es una oficina ambulante. El gran reto del contador público es no tener miedo a los cambios. El hombre más valiente es aquel que se enfrenta a los retos sin temor.

¿Qué consejo le daría al joven Alberto que comenzaba en 1990 en RSM?

Le diría que, en primer lugar, cuando inicie un trabajo, no vea el dinero que está ganando, sino que haga lo que le hace feliz y que se prepare, porque el dinero, que es necesario, vendrá después. A veces nos apresuramos a querer ganar un millón de dólares sin habernos preparado para ello.

Tengo una anécdota. Cuando me ofrecieron un puesto en una contratista petrolera por cuatro veces mi salario en la firma, tuve una semana sin saber qué hacer. Un amigo me preguntó: «¿Qué quieres hacer tú en la vida?». Yo le dije: «Quiero ser socio de la firma». Él me aconsejó: «No te apresures, quédate en la firma y desarróllate, los reales van a venir después».

Seguí ese consejo, no acepté el trabajo, y en la historia de RSM, que tiene 46 años, el socio hecho en casa que ha llegado más rápido a ser dueño he sido yo: comencé en el año 90 y el 1 de julio de 1996 ya era socio. Solo 6 años de desarrollo profesional.

¿Qué le gustaría que dijeran de usted sus colegas o estudiantes dentro de unos 20 años, por ejemplo?

En cuanto a qué me gustaría que dijeran, esa pregunta nunca me la había planteado. Yo creo que cada quien que diga lo que considere. Le pongo otra anécdota: en la universidad, me llaman «puente roto». Pero fíjese, es curioso: me llaman así porque muy pocos aprueban conmigo, pero incluso los que no aprueban, dicen: «Es que he tenido tremendos conocimientos». No hay un rencor.

Yo creo que cada quien debe expresar lo que considera. Obviamente, hemos cometido errores en la vida, el ser humano no es infalible. Pero de lo que sí estoy claro es que trato intencionalmente de no hacerle daño a nadie. El pecado está en cuando dices: «Voy a hacer esto porque con esto te voy a dañar a ti»; ahí está la mal intención.

¿Cuál es su lema de vida?

Yo creo que es de alguna manera copiarse de un eslogan que tenía Miguel Ángel Landa: «Hagan bien y no miren a quién». El ego, sobre todo en el aspecto profesional, nos hace mezquinos y egoístas, y a veces no compartimos el conocimiento. Cuando uno entiende que el crecimiento está en la pluralidad adversa (que tú y yo pensemos diferente, pero no seamos enemigos), se da cuenta de que el otro puede tener un enfoque que uno ni siquiera había considerado.

¿Hay algún hobby, algo que le guste hacer, que le apasione en sus ratos libres?

Sí, yo soy un vicioso de la televisión, vicioso. Sobre todo, de los deportes en general, con más predominio del fútbol, el voleibol y el básquet, que fueron los que practiqué.

En cuanto a equipos: obviamente, fútbol de Venezuela, pero antes de Venezuela, Brasil. En béisbol, soy Águilas del Zulia, soy aguilucho. Y en el fútbol europeo, soy fanático del Real Madrid. Me hice fan cuando jugaba Ronaldo, no el portugués, sino Ronaldo Nazário, el brasileño.

¿Tiene algún mensaje para los futuros contadores públicos?

Sí, de verdad que, miren, en la medida en que nosotros enfrentemos la profesión con ética y propiedad, en esa misma medida nosotros nos vamos a dar a respetar. El tema de la ética, los principios y los valores no es un tema solo de los contadores, sino de la sociedad. Los principios y valores están muy deteriorados, y vienen ligados a la familia.

¿Cómo le vas a pedir a un contador que sea ético cuando ese contador viene de una familia donde no son éticos ni honestos? Es casi imposible. Lo que sí está demostrado es que el proceso de enseñanza-aprendizaje más efectivo es el modelaje. Yo no te puedo llamar a ti borracha si yo me tomo dos cajas de whisky los fines de semana. Esa es la situación.

A lo largo de su carrera, Alberto Enrique Barboza Urdaneta ha demostrado que la verdadera grandeza de un contador no se mide solo por su dominio técnico, sino por su compromiso con la ética, la enseñanza y el servicio al gremio. 

Su trayectoria, tejida entre el conocimiento, la constancia y el amor por su profesión, es un ejemplo de liderazgo inspirador que trasciende generaciones. Hoy, continúa formando, orientando y motivando a quienes, como él, creen en la contaduría pública como una herramienta para construir un país más justo, transparente y profesional.