Gladys Beatriz Chaparro Guillén nació el 15 de abril de 1960. A sus 65 años, puede mirar atrás y reconocer una trayectoria marcada por la disciplina, el compromiso y la vocación docente. Casada y madre de tres hijos, es una mujer que ha sabido equilibrar su vida profesional con la familiar, dejando huella en cada espacio donde ejerció.
El 30 de abril de 1985 egresó como Contadora Pública de la Universidad del Zulia (LUZ), institución que no solo fue su casa de formación académica, también se convirtió en su escenario de servicio docente. Este 2025 celebra cuatro décadas de haber alcanzado ese logro que marcó el punto de partida de una carrera sólida en el área contable y de la auditoría.
Su formación no se detuvo en el pregrado. Realizó el posgrado en Especialista en Contaduría, mención Auditoría, programa que posteriormente fue reconocido como una maestría por su exigencia y amplitud académica. Culminó esta etapa en 1998, afianzando los conocimientos que ya ponía en práctica desde sus primeros años laborales.
La experiencia profesional de Gladys Chaparro comenzó con una pasantía en Pequivén, a la que siguió un breve paso por la firma Bernal y Asociados. Luego asumió responsabilidades mayores en una contratista petrolera, donde trabajó durante una década como administradora y posteriormente como contralora. Allí gestionó un grupo de empresas vinculadas a la industria, con presencia en el Zulia, la Costa Oriental y Oriente del país, incluso con operaciones en México. Esta etapa le permitió consolidar su perfil como líder en el área de administración y auditoría.
En paralelo, su vocación académica se abrió paso. En noviembre de 1986, con apenas 26 años, inició su carrera docente en LUZ como profesora contratada de Contabilidad III, enfrentando el reto de impartir clases a estudiantes mayores que ella. Con dedicación y constancia, pasó de ser profesora interina a profesora de planta en 1992, ejerciendo la docencia hasta su jubilación en 2012. Durante ese tiempo impartió materias como Contabilidad II, III y IV, Práctica Profesional I y, de manera muy especial, Laboratorio de Auditoría, disciplina que terminó siendo su sello académico. También asumió responsabilidades de gestión, siendo la primera Secretaria Docente del Posgrado en Contaduría y coordinadora de prácticas profesionales.
La labor docente se complementó con su ejercicio profesional independiente. En 1996 decidió integrarse a la firma Arévalo Fernández & Polanco, y tras su disolución, fundó junto a Edwin Polanco la firma Polanco & Chaparro, reconocida en el ámbito contable. Aunque con el tiempo se retiró formalmente de la firma, su nombre se mantiene como parte del legado de ese proyecto.
La vida de Gladys Chaparro es un ejemplo de constancia y entrega. Supo transitar el camino de la empresa privada, la consultoría contable y la academia con igual compromiso. Su mayor aporte ha sido formar generaciones de profesionales de la contaduría en la Universidad del Zulia, sembrando en ellos los valores de ética, disciplina y excelencia que han caracterizado toda su carrera.
¿Puede hablarnos sobre su trayectoria profesional?
Mi carrera profesional comenzó con una pasantía en Pequivén. Luego de trabajar brevemente en la firma Bernal y Asociados, un profesor de la universidad me consiguió un puesto como administradora en una empresa contratista petrolera. Allí trabajé durante 10 años, un período en el que la empresa creció hasta convertirse en un grupo de cuatro compañías. Yo me encargué de manejar la administración y el control de todas, incluso una de ellas con oficinas en México.
Posteriormente, me asocié con un grupo de colegas en la firma Arévalo, Fernández y Polanco, donde estuve cerca de siete meses. Cuando la firma se disolvió, me asocié con Edwin Polanco, y juntos fundamos la firma Polanco & Chaparro. A pesar de que ya no estoy con ellos, Edwin aún dice que sigo siendo su socia. En esa época, la firma creció mucho y tuvimos una gran cantidad de clientes, pero el trabajo era demasiado absorbente. Tenía que equilibrar mi tiempo entre la firma, mis tres hijos, el colegio y la universidad, lo que hacía que el ritmo fuera muy agitado.
¿Influyó en algo que su hermana sea contadora y que su papá también haya trabajado en el área contable, en el área de finanzas?
No, yo soy la mayor de mis hermanos; la otra contadora es menor que yo.
Mi papá no era contador, sino auditor en el Banco de Maracaibo durante 27 años. Era una persona de recursos muy escasos, que empezó a trabajar a los 16 años.
¿Y cómo decide usted estudiar contaduría?
Fue algo extraordinario, porque yo no pensaba estudiar contaduría. En realidad, quería ser ingeniera eléctrica. Pero mi papá decía que esa no era una profesión para mujeres, y la experiencia de un conocido que sufrió un accidente eléctrico me impresionó.
También me gustaba la arquitectura, pero me di cuenta de que no era lo mío. Para mí, era más fácil entender la práctica que la teoría. Me considero un poco floja para leer, igual que una de mis hijas. Al final, en el último día de inscripciones en la universidad, me uní a unos amigos que iban a estudiar contaduría, una carrera que me gustó porque me recordó a las clases de iniciación comercial del bachillerato. Me gustó la práctica y me quedé.
Afortunadamente, yo tuve la ventaja de que mis trabajos no requerían muchos viajes, ya que las firmas eran regionales. Además, nunca tuve que ir a dejar un currículum; los profesores y colegas me conocían y me buscaban para trabajar.
Tuve una sola experiencia en la que mi situación personal me impidió tomar un puesto. Estando embarazada de mi primera hija, me ofrecieron un cargo como gerente de impuestos en una petrolera. A pesar de que me gustaba mucho el trabajo, no podía aceptarlo porque daría a luz en febrero y en marzo eran las declaraciones. Eso fue lo que me impidió tomar ese trabajo, no mi capacidad profesional.
Usted se desenvolvió en un campo que tradicionalmente, en esa época en la que usted estudió y se graduó, era un campo dominado por hombres. ¿Cuáles fueron los mayores desafíos que usted enfrentó y cómo los superó?
Yo no creo que el campo fuera dominado por hombres; de hecho, ya éramos muchas mujeres. La discriminación se daba más en la práctica profesional por el tema de la maternidad. Se prefería a los hombres para los puestos que requerían viajar, porque se asumía que las mujeres, al casarse y tener hijos, no podían hacerlo.
¿Cuáles son los efectos más gratificantes de su labor como docente universitaria?
La verdad es que la mayor gratificación para mí es encontrarme con mis estudiantes y que me digan que me aprecian y que les enseñé mucho. Aunque en su momento me consideraban «muy fuerte» y exigente, incluso decían que yo era «la mala» en comparación con mi hermana, que también es contadora y profesora, siempre supe que lo que les exigía les serviría.
Y me da una gran satisfacción ver que tenía razón. A veces me encuentro con graduados que han llegado a posiciones importantes y me sorprende pensar que yo les di clase. Ver a dónde han llegado los profesionales que pasaron por mis clases me llena de orgullo. Es gratificante que, a pesar de los años, aún me llamen «profe» y me saluden con respeto.
¿Cómo cree usted que la recuerdan sus estudiantes?
En realidad, tendría que preguntarles a ellos, ¿no? Es difícil que uno mismo lo diga. Sin embargo, tengo una anécdota que me hace pensar cómo me recuerdan. En mis primeras clases, había un muchacho que intentaba que yo le diera las respuestas en los exámenes, pero yo me negaba. Él reprobó la materia y, como era una práctica de los estudiantes, publicó una lista con el nombre de los profesores «reprobadores» en la cartelera de la universidad. Mi nombre estaba allí.
Tiempo después, este mismo alumno fue enviado a presentar un examen con un colega con quien yo trabajaba en equipo. Mi colega me llamó y me dijo que no le enviara más a ese muchacho porque hizo lo mismo: intentó que le diera las respuestas durante todo el examen. Ahí le dije a mi colega: «Ah, ¿ves? Te hizo lo mismo que a mí. No sabe nada». Fue una experiencia que me hizo entender que mi exigencia tenía un propósito.
Creo que algunos de mis estudiantes me recuerdan como una profesora estricta, alguien que exigía mucho y regañaba. Sin embargo, otros me han dicho que les gustaba mi forma de dar clase porque les enseñaba a hacer un trabajo de calidad. Yo siempre les inculcaba la importancia de la ética profesional y de no entregarle a un cliente «cualquier cosa». Les insistía en que debían ser meticulosos y entregar informes completos y bien hechos, algo esencial en nuestra profesión y en las Normas Internacionales de Auditoría. Al final, me he dado cuenta de que esa rigurosidad rindió frutos y se ganó el respeto de los que hoy son mis colegas.
¿Puede contarnos acerca de su experiencia trabajando con el Instituto de Desarrollo Profesional (IDEPRO)?
Mi experiencia con IDEPRO viene de muchos años atrás, incluso antes de ser Secretaria de Estudios e Investigación. Junto a un colega, editábamos un boletín que nos permitía discutir y mantenernos al día. Con el tiempo, me incorporé a diversos comités y fui nombrada coordinadora de un programa para fomentar el conocimiento de las Normas Internacionales de Auditoría.
A pesar de mantenerme al margen de la política del colegio, fui seleccionada para un programa intensivo en Caracas, una experiencia que me marcó. Cuando me pidieron unirme a la junta directiva, acepté porque ya estaba jubilada y quería trabajar por la comunidad de contadores, lo cual fue un paso importante en mi carrera.
¿Qué es lo más bonito que recuerdas de su trabajo en el gremio?
Para mí todo el trabajo en el gremio ha sido gratificante, porque me ha permitido ver cómo ayudas a otras personas a capacitarse. Me llegaban muchas dudas, no solo de los estudiantes, sino también de otros profesionales. Uno no es especialista en todo, y lo bueno de estar en IDEPRO era que teníamos la oportunidad de participar en todos los comités, como el de tributos o el de temas laborales. Al estar allí, escuchabas a los especialistas e intercambiabas conocimientos, lo que te permitía tener una idea general de las distintas áreas.
Además, me tocó compartir con muchos instructores excelentes, aunque varios ya no están con nosotros. Yo solía consultarles mucho, porque al estar en la directiva, la gente llegaba constantemente a buscar respuestas, y uno tiene que estar al día para poder orientarlos correctamente.
Usted recibió la orden Fray Luca Pacioli en el año 2012 ¿qué significó para usted recibir este reconocimiento?
Fue justo después de mi período como Secretaria de Estudios e Investigación en la junta directiva. Fue algo muy importante para mí. Recibir la orden fue un gran reconocimiento porque quienes la otorgan son personas de mucha trayectoria y conocimiento en el gremio, y no se la dan a cualquiera. Además de los requisitos, como tener 25 años de graduada y estar en ejercicio, ellos revisan a fondo tus credenciales. Ese año solo se la dieron a tres personas, lo que lo hizo aún más especial.
Me sentí muy satisfecha porque era un reconocimiento a todo el trabajo que había realizado. El acto fue en Caracas y fue muy bonito. Las personas que me la entregaron eran colegas a quienes yo admiraba, y que me extendieran la mano y reconocieran mi labor fue muy gratificante.
¿Cómo logró equilibrar su vida profesional y su vida familiar?
Mira, creo que lo logré bastante bien. Tuve que renunciar a mi trabajo en la firma de auditoría porque quería dedicarles tiempo a mis hijos. Los llevaba a clases de natación, inglés y francés. Para mí era muy importante estar presente en su formación.
Tengo tres hijos profesionales: dos son arquitectos y una es ingeniera civil con maestría. Una de mis hijas estudió arquitectura y contaduría pública al mismo tiempo, lo que me exigía un gran esfuerzo para llevarla de una universidad a otra.
Mis hijos eran muy estudiosos y siempre colaboraron, pero mi rutina era muy agitada. Trabajaba todo el día en la calle y, por la noche, daba clases en la universidad. Así lo hice durante 26 años. Me siento feliz con lo que logré, tanto en mi carrera como en la crianza de mis hijos. Por cierto, ya soy abuela. Tengo un nieto de cinco años.
Fuera de la contaduría, ¿cuáles son sus pasiones, su hobby, algo que disfrute hacer en el tiempo libre?
Yo me la paso todo el tiempo trabajando, porque me gusta mucho la contabilidad. Mi esposo a veces me insiste para que vayamos a pasear, porque a él le gusta mucho. Pero a mí realmente me gusta estar tranquila en casa, viendo televisión. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, estoy sentada en la computadora trabajando.
Hace poco, un cliente, con quien tengo 10 años trabajando en su auditoría, me llamó. Cuando yo estaba en la directiva, él insistió en que yo le hiciera la auditoría, y yo me negaba para que no pensaran que me aprovechaba del cargo. Al final, accedí. Me llamó esta semana y me dijo que, aunque había considerado cerrar su empresa, quiere que yo le siga haciendo la auditoría a él y que le dé un precio para el próximo año. Esto demuestra la confianza que se genera cuando uno hace un buen trabajo.
¿Qué consejo les daría a las nuevas generaciones de contadores públicos?
Mi principal consejo es que hay que tener mucho cuidado con lo que uno le entrega al cliente. Hay que ser muy diligente con los informes, porque existe el riesgo de que la confianza te haga perder la objetividad. La información financiera es muy delicada, y los contadores corren muchos riesgos si no son transparentes.
El cliente puede pedirte que pongas ciertos números para el banco o para pagar menos impuestos, pero tú debes dejar claro que él es el responsable de esa información. La profesión te da herramientas para cumplir con el cliente sin comprometer tu independencia. Si un cliente te pide que hagas algo con lo que no estás de acuerdo, lo mejor es dejarlo por escrito para tener un respaldo.
En la actualidad, muchos contadores quieren quedar bien con el cliente y con la profesión, pero no podemos hacer todo lo que el cliente pida. Es vital que evalúes el tipo de trabajo que vas a realizar y la forma en que vas a responderle al cliente para proteger tu ejercicio profesional.
Mirando hacia el futuro, ¿qué cambios o avances espera ver en la profesión de la contaduría pública?
La profesión ha avanzado mucho y se ha vuelto muy dinámica. Antes era estática, pero desde el año 2000, los cambios son diarios. Las leyes tributarias cambian constantemente y las normas internacionales para pequeñas y medianas empresas se actualizan con frecuencia. Es una profesión que exige un aprendizaje continuo.
¿Usted piensa que debería ocurrir algún cambio o alguna actualización?
Los cambios ya se están dando a nivel mundial. Lo que sí es importante es que el contador debe tener un conocimiento integral. No puede enfocarse solo en una especialidad. Yo soy especialista en auditoría, pero no puedo auditar un área tributaria si no tengo un conocimiento básico de impuestos.
Hay que ser conscientes de las capacidades que tenemos. Si no sabemos hacer algo, como un ajuste por inflación, es mejor no ofrecer el servicio o buscar a un especialista que nos ayude. No podemos comprometernos a hacer un trabajo para el que no estamos capacitados, porque sería como que un médico general quisiera operar de la vista sin tener el conocimiento necesario.
¿Algún mentor en su vida? ¿Alguna persona que le inspiró, que percibía durante su camino, su ejercicio profesional?
Mis guías principales fueron mis padres. Mi papá me inspiró con su trabajo en auditoría. Y mi mamá, aunque solo estudió hasta primaria, siempre nos decía: «Estudien para que no dependan de nadie». Ella nos ayudó y se aseguró de que nos graduáramos. Los cuatro hermanos somos profesionales. De toda mi familia, somos los únicos que logramos estudiar y graduarnos antes de casarnos.
¿Un lema de vida?
Mi papá decía: «no te mortifiques por medio día si hay días enteros». Eso significa que no hay que preocuparse por algo pequeño si aún tienes mucho tiempo para resolverlo.